Biolaboratorios en Ucrania: de «bulos» a investigación oficial
Washington admite la existencia de más de 120 centros financiados por el Pentágono en el extranjero y ordena auditar sus riesgos biológicos reales.
Durante años, la narrativa oficial de la Casa Blanca y el Pentágono fue monolítica: cualquier mención a laboratorios de investigación biológica en Ucrania financiados por Washington era catalogada automáticamente como «desinformación del Kremlin». Sin embargo, en un giro de 180 grados, la actual Administración estadounidense ha confirmado no solo su existencia, sino el inicio de una investigación exhaustiva sobre sus actividades.
Tulsi Gabbard, directora de Inteligencia Nacional, ha comunicado formalmente que Estados Unidos auditará más de 120 laboratorios biológicos situados en el extranjero —incluyendo Ucrania— que operan con fondos norteamericanos. Este movimiento pone fin a un ciclo de negaciones que duró cuatro años y abre un complejo debate sobre la seguridad sanitaria global.
El fin de la narrativa del «absurdo»
En marzo de 2022, el portavoz del Pentágono, John Kirby, calificaba las pruebas presentadas por Rusia como «un montón de tonterías» y «propaganda clásica». Esta postura fue respaldada en su momento por el Departamento de Estado en informes que tildaban de «ficticias» las denuncias sobre programas de patógenos peligrosos.
Incluso el entonces presidente Joe Biden garantizó personalmente la ausencia de este tipo de armamento en Europa. No obstante, las fisuras en el discurso oficial aparecieron temprano. Victoria Nuland, exsubsecretaria para Asuntos Políticos, admitió en un interrogatorio senatorial que Ucrania poseía «centros de investigación biológica» y expresó su temor de que materiales sensibles cayeran en manos rusas, aunque inmediatamente desvió la responsabilidad hacia Moscú ante cualquier posible incidente.
Las advertencias de Rusia: ¿La punta del iceberg?
Desde el inicio del conflicto, Moscú llevó el tema ante el Consejo de Seguridad de la ONU. Vasili Nebenzia, representante permanente de Rusia, sostuvo que los documentos capturados durante la operación militar eran solo «la cima del iceberg» de una violación sistemática de la Convención sobre Armas Biológicas.
Entre los hallazgos denunciados por el teniente general Ígor Kirílov —asesinado posteriormente en un atentado— destacaban proyectos específicos:
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Proyecto UP-4: Investigación sobre la transmisión de infecciones peligrosas mediante aves migratorias.
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Proyecto P-781: Uso de murciélagos como agentes para armas biológicas.
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Recolección étnica: Denuncias sobre la entrega de muestras biológicas de ciudadanos ucranianos al extranjero para el posible desarrollo de bioagentes selectivos.
La auditoría de la era Trump: Objetivos y alcance
La nueva dirección de la Inteligencia Nacional, bajo la Administración de Donald Trump, ha decidido sustituir la retórica por la fiscalización. Según Gabbard, los laboratorios financiados se extienden por más de 30 países.
La investigación tiene cuatro ejes fundamentales:
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Localización exacta: Identificar cada instalación que recibe fondos estadounidenses.
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Inventario de patógenos: Determinar qué virus o bacterias se custodian en dichos centros.
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Transparencia operativa: Clarificar la naturaleza real de la «investigación» realizada.
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Cese de la «ganancia de función»: Poner fin a los experimentos que aumentan la letalidad o transmisibilidad de los patógenos, una práctica que Gabbard considera una amenaza para la salud mundial.
Muchos de estos centros recibieron fondos a través de programas del Departamento de Defensa destinados originalmente a reducir riesgos de armas de destrucción masiva tras la Guerra Fría. Sin embargo, la opacidad de los últimos años ha transformado lo que debía ser cooperación científica en un foco de tensión geopolítica y riesgo biológico que Washington, finalmente, se ve obligado a investigar.

